Correo de Nueva York


New York me recibió lloviendo, el termómetro marca los seis grados, pero no me importa, me he echado camina por Manhattan entre abrigos charcos y no he hecho más que pensar en ti, quizás unas nubes que atraviesan los rascacielos, el gris, o esta sensación de estar en una película.

Podría describirte el cielo, decirte que aquí parece que estuviera más cerca, hablarte de los taxis amarillos, del olor a óxido en el metro o del vapor que sale en todo momento de las alcantarillas; pero sería mejor que estuvieras aquí conmigo, palpando esta ciudad y mis letras al compás de mis manos, siguiendo los latidos de un corazón que canta aún soñando.

A esta hora hace frío y he entrado a un bar, he pedido un whisky, ya ves mi costumbre de escribir en bares en cafeterías en medio del ruido y conversaciones ajenas, de empapar mi pluma en el tintero de tu recuerdo, dibujando en portavasos tu nombre y todo aquello que me lleva a ti cuando estoy lejos. 

Mañana no sé qué haré, quizá vaya a caminar por el Hutson o a Brooklyn, a encerrar en un cuadro Central Park con sus túneles y puentes o iré a dejar esta carta sin saber bien a bien cuando llegue, como una botella al mar con dirección a ti y a tu sonrisa.

Lo cierto es que todas las calles vuelven a ti, al WhatsApp sin respuesta, al mensaje de voz con tu reclamo o bostezo, a este pedazo de papel que se perderá entre la burocracia de las oficinas y los aviones, como abracadabra, como el caos que aguarda en mi equipaje y se cuele algo de mí en tu día y  cotidianidad.



29 de marzo de 2017

Nueva York






















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