El principio del olvido

Cae la lluvia sobre mí,
Un millón de lágrimas de plomo.
La noche sangra piedra líquida
Que quebranta mis huesos.
Mi alma se ahoga
En oscuros océanos de desesperación
Y necesito algo de aire...


Luis Eduardo Aute



La última vez que la vi llovía, palomas alborotadas por lo estrepitosos truenos revoloteaban alrededor nuestro, la gotas de agua golpeaban con dolor el piso, nunca, hasta ese día, me había dolido ver llover, ahora cada tormenta en la ciudad tiene un olor a muerte, a ella. Quién diría que aquella imagen apocalíptica se convertiría en el más cruel augurio de futuro, que las sobras que cubrían la ciudad esa tarde serían tan negras como para llenar de oscuridad toda una vida.

n recuerdo que la gente corría de prisa huyendo del agua, un tumulto humano se arremolinaba alrededor nuestro escapando de esas estocadas mortales del cielo, mientras nosotros dos, parados ahí como dos barcos al pairo en medio de la tormenta esperando el naufragio. Era como si la ciudad llorara conmigo su partida, como si mi ausencia de lágrimas fuera compensada por aquel chubasco de abril.

Antes de irse no dijo nada, nunca decía nada antes de irse, pero aquel día hubise preferido escuchar cualquier cosa a su silencio, hasta un “adios” de esos que son definitivos hubiera sido mejor a ese maldito ritual de intepretar su boca cerrada llena de misterios, de mirar sus lagrimas negras rebalando por sus finas mejillas hasta desvanecerse en el abismo.

Después de su despedida, vino la oscuridad, las calles se fueron iluminando con alquel color ambar de las farolas y las luces artificiales cobijaron los viejos edificios de cantera del Zócalo de la ciudad. A pesar de eso, no hubo lámpara que remediara la oscuridar de mi corazón; quedé ahí, solo, sin ella, empapado y escurriendo nostagias.




Entradas populares