Primera parte



Cuando regrese a mi departamento pasaban más de las once de la noche, el leve rumor de autos se desvanecía en mi cabeza al ritmo de una melodía de Atahualpa, las íntimas notas de esa guitarra penetraban a mi cerebro como una especie de sedante, cada palabra envolvía en un ritmo hipnótico mis pasos volviéndolos lentos, mientras repitiera una y otra vez la misma estrofa haciendo a un lado en el tintero por unos minutos en embrollo en el que se encontraba el periódico en ese momento …aunque llores lo que llores sobre este corazón mío, aunque convierta mis manos en cuna de tus suspiros, aunque se queden tus ojos, tras de mi huella prendidos, y yo camine en lo llano como bajando al abismo, cuando la última flor del cerezo haya caído amiga yo estaré lejos, muy lejos por el camino…
El cadencioso baile imaginario de luces y sombras parecía flotar por entre las paredes de cada habitación, por lo que me serví un trago de whisky para contemplar tan patidifuso espectáculo desde el rincón favorito mi casa. Entonces me dí cuenta que  había olvidado por completo el paquete me dio Isaac antes de salir de la oficina, era una caja pequeña, de no más de tres centímetros de grosor atada con un delgado listón verde olivo.

Tomé el paquete de mi escritorio y al abrirlo un pétalo cayó entre la oscuridad como un delicado copo de nieve en medio de la inmensidad; aquel pedazo de naturaleza ajado se quebró con ínfimo rozar de mis yemas perdiéndose entre en negro aire de mi cuarto. Al mirar dentro de la caja se asomo una vieja rosa blanca marchita y un par de hojas  dobladas debajo, la fina escritura me resultaba familiar, sin embrago fui incapaz de adivinar el origen de aquellas alargadas letras azules que contrastaban con la pureza de aquel papel blanco.

Regresé al sofá, tome un trago antes de examinar aquellas cuartillas escritas con una caligrafía rebuscada, llena “is” con triángulos en la cabeza, que sin duda Isaac no había escrito y sin en cambio me había entregado envuelto en un halo de misterio y extremada recrecía, sin decir ni una palabra al respecto. Entre un silencio casi absoluto comencé a leer despacio la carta solo haciendo pausas para mojarme la boca con el residuo de los hielos que me dejaba un sabor amargo.



¿Recuerdas esta rosa, el ligero aroma que desprendía aquella mañana? Quizá  así sea esto y nosotros también nos vayamos secando como los pétalos de una flor en el tiempo. De aquel aire de otoño sólo quedan recuerdos dispares en nuestras cabezas. De nuestros sueños, realidades. Es triste darse cuenta que los años se llevan la esencia de las cosas que añoramos tanto, dejando únicamente reminiscencia de lo que fuimos.

Si te dijera las veces que he levantado la bocina del teléfono dispuesta a marcar tu número, sin embargo rehúyo ante el temor de encontrar al otro lado un desconocido. Ya no sé si éste vacío nos devora a ambos o solamente mí. A penas y recuerdo los últimos momentos; tu silueta, tu cara, tus manos cada vez me parecen más un recuerdo inventado. He olvidado lo que era el amor contigo.
Ayer recordé el día que me diste una piedra como muestra de tu amor, ¿sabes?  La conservo dentro del ciento de estrellas que bajaste para mí, ese pequeño espacio que es solo mío, que pocos conocen como tú solías hacerlo y en donde asola el frío desde nuestra despedida.

Me hubiera gustado decirte algo más aquel día, pero la idea de no vernos de nuevo me consumía el alma. Quería que el último minuto contigo fuera el más feliz antes de dinamitar todos los futuros posibles entre los dos. Sin embargo no me atreví a morder tus labios por miedo a prensarme toda la vida a ellos y al humo que exhalabas. Tus manos me apretaban con tal fuerza como si intuyeras el vacío que precedía ese momento y tu mirada se fijaba en mí tratando de descubrir el verdadero secreto que tenía en mis entrañas.

De todas las mentiras, de la única que no me arrepiento es de  no decirte la verdad aquella tarde. No era capaz de destrozar tu corazón de un zarpazo después de que tú salvaste el mío cuando se hallaba  al borde del precipicio. Sé que fue injusto y que por meses te dolías por las noches tratando de encontrar el error que causara tan funesto final. No sabes cómo me hería leer tus cartas por las madrugadas llenas de desgarro, amor, añoranzas y dudas. No obstante sabía que el tiempo y la distancia era el mejor remedio para ese dolor de muelas que habitaba en nuestras almas y a pesar de los años transcurridos aún tengo miedo verte, pero a estas alturas es lo que más deseo.

En estos momentos el mar golpea las paredes de mi habitación, las maderas crujen y el amanecer que dibujaste me da un halo de esperanza que mañana brillará la luz. Pero es tarde y el viento frío me ha entumecido las manos y el tiempo mi corazón. No estoy triste, pero desde esa noche que te vi siento como si algo me faltara. Es extraño que la razón que nos separara hace 23 años sea la misma que hoy nos una.

Sinceramente no soy  buena  ni con las palabras, la pluma, ni la hoja. Pero en m escasa comunicación no quiero que pase desapercibido todo el cariño que aún te tengo y el enorme agradecimiento que con nada podré pagar. Haz estado en todo momento, sobre todo en los días más difíciles de mi vida,  tu compañía siempre ha logrado aligerarlos. Gracias por ser esa persona que siempre está a mí lado a pesar de la distancia. Que Dios te bendiga, cuide y te cumpla los deseos que aún tienes, a pesar de no cumplir en nuestro de estar juntos.

Te quiero mucho
Ximena…

Leí más de diez veces la carta, haciendo hincapié en cada una de sus palabras, rememorando cada segundo, embriagado en una extraña sensación de alegría y tristeza ante esas lágrimas azules que imprimían en el papel desmedida melancolía. Me serví un vaso lleno de whisky  y cigarrillo en mano me asome a la ventana en busca de un poco de aire que me ayudara a comprender todo.

Me enfunde en un grueso abrigo negro y, sin saber a dónde, salí a la calle esperando hilar de alguna forma mis ideas, la ciudad estaba vacía, los edificios yacían opacos, mientras un viento gélido soplaba desde el oeste llevándose consigo las basuras de la civilización humana y una que otra alma hacia la oscuridad. Eran las tres de la madrugada cuando me detuve en un semáforo repitiendo una y otra vez su nombre y aquella  triste melodía …cuando la última flor del cerezo haya caído amiga yo estaré lejos, muy lejos por el camino… mientras una enorme luz roja me marcaba el alto

*Roberto Noguez Noguez

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