El último poema






Vuelvo como siempre a ti,
desato las palabras
sobre la alfombra 
en busca de los mapas 
que encierran el poema,
bordeo con mis dedos
el recuerdo húmedo de tu boca,
mientras el humo de un cigarro 
imaginario llena de bruma la noche.

Reza el viejo Cohen con palabras 
como mías y en la oscuridad 
todo se pierde en el horizonte,
a la última estrella la borró el tiempo
y nubarrones llenaron la ciudad,
como una vieja caverna
donde se encierran la voces
y se ha olvidado de amanecer,
“that you could feel”.

De entre todos los escombros
recojo los últimos versos que llevan tu nombre,
bebo y mancho de negro el tapiz, 
emborrono partituras y recuerdos,
el plano olvidó las coordenadas,
a los besos los cubrió el polvo,
debajo del ataúd no hay nada,
sólo rumores de fantasmas con sed.

Regreso a las comas de tu boca,
decoro tus labios con mis versos
y tiño de ocre el camino,
pero bajo la nube negra me extravío,
torno a tu mirada de nuevo,
sumo líneas a los vivido,
resto reproches y deseos,
el Mar Negro siempre es un riesgo
para quien navega con el casco hendido.

Las sogas de tu amor marinero
desasieron los barcos del puerto,
las playas se llenaron de la broza
de mensajes y sonetos sin eco,
el niño triste suspira en el lecho del mar,
en el muelle ni una sombra espera, 
en el agua las algas enredan
al viejo contramaestre,
sin corazón, perdido, sin suerte.   

Las siluetas de café
han ennegrecido mi escritorio,
bebo y suspiro sin “te quiero” de por medio,
palpo en mis manos el sueño, 
dibujo tu cicatriz de memoria,
el olvido olvidó de llevarse tu cuerpo, 
los sabores de la mañana, tu espalda,
este poema es un cheque en ceros
con besos al portador.

Una noche borracho escarbé en tu ombligo
y encontré debajo cenizas de tu corazón,
quise sembrar en su pecho primaveras,
aposté mi futuro a tu rueda de la fortuna, 
perdí mis fichas en tu casino,
pero en un sollozo llegó el inverno,
en el mástil ondearon las calaveras,
el botín de tu amor lo robo un pirata
y mi galeón se hundió con nada.

Ahora escribo de cafetería en cafetería
con agua mineral y un expreso en la mesita,
su brisa, su acantilado: son palabras,
el desorden, el desatino; un disparate,
su nombre desapareció de los libros, 
su rostro un microfilme en mi cartera,
de estas manos que rozaste
ni resignación, ni odio, ni olvido,
pero este es el último poema que te escribo.





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