Los otros Campos

Los viejos amores que no están,
la ilusión de los que perdieron,
todas las promesas que se van,
y los que en cualquier guerra se cayeron.
El engaño y la complicidad
de los genocidas que están sueltos,
el indulto y el punto final
a las bestias de aquel infierno
Todo está guardado en la memoria,
sueño de la vida y de la historia
(León Gieco)

Cuando desperté no recordaba nada de la noche anterior, la boca me sabía a cerveza y me preguntaba una y otra vez dónde estaba, cómo había llegado ahí, que pasó con  los demás. Una y otra vez me preguntaba lo mismo. Apenas podía abrir los ojos, una lámpara blanca zumbaba  y su luz parecían clavos penetrando los ojos.

-Puta, mi cabeza, aaaay aaaay. ¡Mi cabeza! ¿Qué me paso? …¿Dónde estoy? Puta, mi cabeza.

No sólo la cabeza me dolía, era todo el cuerpo que me punzaba como una bomba antes de estallar, las paredes blancas reflejaban la luminosidad de aquel foco, me ofuscaba el resplandor, me aturdía su zumbido incesante. No recordaba nada, no pensaba nada, era como un estado de shock, por un momento pensé que estaba muerto, pero los muertos no hablan –puta madre-  cerré lo ojos, traté de conciliar el sueño, pero era inútil, no podía. Imágenes, que no puedo describir, aparecían ante mí como espectros del mismo infierno, estruendos convulsionaban mi cerebro. Pero el cansancio me venció. No sé cuantas horas dormí.

Un golpe de hierro me despertó, como pude me senté en la banca de cemento en la que estaba acostado, por primera vez pude ver el cuarto aquel, era totalmente blanco, impecable, no medía más de tres metros de largo por uno y medio de ancho, dos bancas de piedra se encontraban de cada lado, al fondo una letrina como la de los aviones y del otro lado una puerta de acero, de donde provenían los golpes.

La puerta se abrió lentamente, un pánico injustificado se apodero de mí, pasaron mil cosas por mi cabeza en ese momento, de pronto un hombre de traje negro apareció, detrás de él un pobre viejo en harapos, el pelo casi cano, con una mirada de perro callejero a medio morir, al borde de la puerta dos tipos de blanco que permanecieron inmóviles afuera del cuarto. El hombre de traje oscuro  apenas  me miro y dijo.

-Con que  ya despertaste, ya era hora.

El tipo era de facciones tocas, moreno, corpulento, sus manos parecían montículos de piedras capaz de  destrozar a cualquiera de un solo golpe, pero su voz parecía la de un cura de pueblo o un padre reflexivo. Cuando me dijo eso me puse de pie, no sabía que pasaba, pero quería una explicación.

-¿Qué está pasando?, ¿dónde estoy?, ¿qué me hicieron? ¡carajo!- grité.

-Todo a su tiempo, calma, todo a su tiempo- me dijo mientras apoyaba su enorme mano en mi hombro- debes de tener hambre, ya hablaremos tú y yo, ya veras, todo a su tiempo-

-¿Quién es usted?, ¿cómo se llama?- repelé.

-Usted no cambia Ignacio. Mire, llámeme… Fidel. Le digo que ya tendremos tiempo para platicar todo, todo lo que sea necesario, cálmese, debe tener hambre, ándele siéntese.

Por un momento sentí una furia terrible por su lacónica repuesta, me dieron ganas de asorrajarle un golpe directo a su quijada, pero algo de mí entró en razón, habría sido inútil, aquella mole lo habría esquivado en el caso de lograr mi fin, cualquier manotazo suyo hubiese bastado para romperme la madre. Me senté en la fría banca de concreto, él salió sin decir ni una palabra y cerro la puerta. Ahora una nueva pregunta me perturbaba “¿Ignacio, me llamo Ignacio, no pude haber olvidado eso,  no estoy loco, o sí? No, no estoy loco, yo me llamo Ignacio Cabrera Reyes,  claro que sí, ¿creo?”. El viejo, de quien me había olvidado, yacía en un rincón de la banca de enfrente completamente mudo, encorvado, con la cabeza entre las piernas, no dije nada, no dijo nada, cada uno se refugió en su soledad.

__

Aquella mañana  había recibido una llamada al teléfono de mi oficina, era Carlos, su voz perturbada me decía de la urgencia de vernos lo  más pronto posible, parecía angustiado, bueno en realidad parecía con prisa, su voz era cortante, casi siempre que se escuchaba así por el auricular.  No intercambiamos más de cinco frases, me dijo que nos veíamos en el bar que está cerca de Garibaldi, entre Republica de  Perú y Allende.
-A las 9 Ignacio, no llegues tarde.
-OK, a esa hora- colgué.

La cosa se había puesto difícil, Echeverria cada vez más envuelto en esa demagogia posrevolucionaria se enardecía al saber la fuerza que tomaban los grupos estudiantiles en el país, se sabía de guerrillas en los estados de Guerrero y Oaxaca, eso lo sabía yo de buena fuente, el trabajar en la Secretaria de Gobernación tiene ventajas y ser cercano a la licenciado Mario Moya Palencia no sólo servia para que uno se pasara los altos valiéndole  madre la policía, de un telefonazo me libraba, también servia para evitar sospechas.

Aún así no podía evitar el nerviosismo, cuando baje del “delfín” en avenida Madero volteé a mil lados, a pesar de todo tenía que ser discreto. Caminé entre los callejones del centro de la ciudad, entre la muchedumbre y los vendedores, entre el miedo y la angustia; siempre era lo mismo, el mismo miedo, la misma paranoia, el siempre cambiar repentinamente de ruta. Nunca pasaba nada. Cuando llegué por fin al bar ya estaban casi todos: Marta, Ximena, José, Rodrigo y otros dos tipos que nunca había visto.

-Ignacio qué milagro, siéntate- me dijo Marta al verme.

Lancé un “hola” general y un poco despersonalizado y de inmediato pregunté por  Carlos.

-¿Y el pinche Carlos? jode y jode que llegue temprano, y ese guey  no llega ¿iba a llegar contigo, no  José?
-No, conmigo no. Hablé con el la semana pasada pero no me dijo nada.

En ese momento llego el  mesero del lugar, por un momento todos guardamos silencio hasta que preguntó qué íbamos a ordenar, ellos pidieron un tequila reposado, yo cerveza. Cuando el reposado iba a la mitad y yo comenzaba a sorber la cuarta cerveza llegó Carlos,  venía sudoroso, sereno.

-Qué paso, no que temprano, dónde andabas, ándale siéntate, qué quieres de tomar.
Carlos se sentó frente de mí, miraba a la puerta del bar, llamó al mesero y pidió otro caballito, limones y sal. Ximena se encargo de llenarlo de tequila, de un sólo trago engulló  el primero y pidió el segundo y de inmediato en tercero.

-Qué pasa Carlos- preguntó Rodrigo.

-Creo que me venían siguiendo, no sé, tuve que desviarme hasta Santo Domingo hasta que los perdí, eran dos tipos con facha de matones, la verdad no sé, la cosa se está poniendo difícil, hay que andarnos con cuidado.

A Carlos lo conocí en la preparatoria, era un estudiante cualquiera, hijo de familia de bien, su papá era abogado y tenía un despacho bastante exitoso, su madre de educación profundamente católica, él un estudiante ejemplar. Le perdí la pista al entrar a la universidad. Cuando lo volví a ver habían pasado 15 años, fue en un bar donde lo encontré hablando precisamente con Marta, Ximena,  José y Rodrigo. Era profesor de la Facultad de Filosofía de la UNAM, amigo del ingeniero Heberto Castillo desde la huelga del 68, estuvo aquella noche en Tlatelolco, vio la matanza y se salvó de milagro. No era un comunista, simplemente era un tipo preocupado, enojado por los abusos del gobierno.

Esa noche nos había citado para hablar de la posibilidad de levantar una guerrilla en la sierra de Guerrero, aquellos dos tipos desconocidos eran los representantes de siete comunidades indígenas dispuestas a todo.  Hablamos  en voz baja entre el ruido de borrachos, de un embarque de armas  que venia de Sudamérica, Carlos necesitaba mi apoyo para filtrar información  a su beneficio, también para que les ayudar a mover las armas. 

Yo me había involucrado sin querer, poco a poco me contagió de sus ideas, no eran malas, sólo digamos que, como se dicen en el partido, eran políticamente incorrectas. La verdad que era un subversivo, en sus palabras estaba el Che, Fidel, Allende, quería un cambio, la guerra o la muerte, acusaba al PRI de “pasarse la revolución de Villa y Zapata por el culo”. Desde aquella vez que nos volvimos a encontrar  creció una amistad extraña, para muchos de sus amigos yo era el mejor  ejemplo de lo que ellos detestaban y pues de mi parte, ellos eran exactamente  lo que  gobierno más odiaba, una bola de comunistas; más de una vez. Carlos y yo nos madamos a la chiganda mientras hablábamos de política.

-Carajo Carlos, México no necesita otra revolución, necesita ideas, un cambio organizado, la apertura.
-Si apenas nos dejan vivir, a esto se le puede llamar vida, el gobierno no nos hará caso si no son con las armas, ve al PAN, muy con ideas pero ni los pelan, están ahí como adornitos… ¿nos vas a ayudar, si o no?
-No sé, está cabrón…
-Quién va a sospechar de ti, no le saques.
-Puta madre Carlos- le dije mientras pasaba mis manos sobre mi pelo- está bien, le  entro a la movida, pero nos estamos jugando el pellejo con esto.
___

Del viejo que me acompañaba no supe nada, una semana después (no sé si haya sido una semana, no había forma de contar los días, no había sol, tampoco relojes ni calendarios, nunca supe su nombre, nunca hablamos) un día vino por el Fidel y no supe más, algo dentro de mi lo pensó muerto. Las pláticas con el hombre de traje oscuro tardaron  en llegar, no sé cuanto, no había forma de saberlo. La primara vez él llego solo a mi celda, con el mismo traje oscuro de la primera vez (siempre parecía ser el mismo).

-Me imagino Ignacio que sabes por qué estás aquí ¿verdad?
-No señor, yo no hice nada.
-Llámame Fidel
-No hice nada,  dónde estoy.
- No te hagas, estoy aquí para ayudarte, anda cuéntame ¿qué estaban planeando tú y tus amigos?

Cuando dijo eso el corazón se me estrujó, se me vino a la garganta, recordé lo que dijo Carlos: “quién va a sospechar de ti”. Como pude disimule el miedo y respondí.

-Nada. No sé de qué habla. Sólo fui a tomar unos tragos, eso no es delito ¡carajo! Háblele a mi jefe,  trabajo en gobernación, háblele al licenciado Moya Palencia, somos amigos, verá que nunca he hecho nada.

Al principio los interrogatorios eran tranquilos, en mi celda, Fidel se mantenía sereno en todo momento, a veces irónico y sarcástico. Me gustaba platicar con el aunque me agobiaban los interrogatorios (una y otra vez las mismas preguntas, y una y otra vez las  mismas respuestas) pero era la soledad y el aislamiento lo que me hizo entablar algo a lo que podríamos llamar “amistad”. Lo que me horrorizaba era la verdad, sabían lo que planeábamos aquella noche en el bar o por lo menos decían saberlo. En la secretaría corrían los rumores de los castigos a los que denominaban los “traidores del régimen”, en todos los casos era la muerte.

Después de cierto tiempo los interrogatorios dejaron de ser pacíficos, un buen día llego  Fidel acompañado por dos tipos, como la primera vez que lo vi. Se notaba malhumorado, iba de un lado a otro de la celda frotándose las manos.

-Las cosas no van bien,  no mas no te dejas ayudar, ya es hora de que nos cuentes la historia bien. Párate, es hora de dar un paseo.

Me levante con miedo, tembloroso, mis piernas me pesaban, probablemente llevaba meses sin caminar, sin dormir bien, comiendo un engrudo que lazaban debajo de la puerta cada cierto tiempo y lo peor de todo, soportando la luz resplandeciente de aquellas lámparas del techo. Caminamos por un pasillo  blanco, con miles de puertas en ambos lados (no era miles pero sí un montón), cuando por fin llegamos a una puerta de acero gris, oxidada, uno de los tipos la abrió y entramos a un pasillo oscuro con lámparas titilantes, opacas, caminamos a una puerta enorme de metal.

-Pasa Ignacio, déjenme solo –dijo a los dos tipos- ahora me toca a mi- y cerró la puerta.
-Qué pasa, qué hacemos aquí. -pregunté-
- Pues nada, sólo que me vas a decir la verdad- por primera vez el Fidel se veía diferente, dejo a un lado la serenidad, su voz más ronca que de costumbre empezó a hablar de la patria y el Estado, del la dignidad del presidente y de los pinches (así lo dijo) revoltosos comunistas.
Hizo que me sentara en un sillón similar al de los consultorios de los dentistas, una luz encima de mí me cegaba, con unas correas de cuero apretó mis manos y mis pies contra la piel marrón del asiento, un pánico se apodero de mi cuando empezó a colocar electrodos en varias partes de mi cuerpo, sobre todo, al ver que todos estaban conectados a una enorme máquina que estaba junto a él. Se sentó a un lado mío y mirándome a los ojos me preguntó.

 -Ahora bien, ¿conoces a Carlos Paredes?
-No.
-Creo que hice mal mi pregunta, mira esta foto ¿lo conoces?
-No- claro que lo conocía, era mi amigo Carlos saliendo del bar la misma noche que pactamos lo de las armas, pero yo sólo fui por un trago, eso no es delito- no lo conozco.

En ese momento un shock eléctrico convulsionó mi cuerpo, mis uñas se encajaron  en el sillón, mis dientes crujieron como una cierra eléctrica, mi vista se nubló, me desmayé. Cuando abrí los ojos Fidel me inspeccionaba con una lámpara de mano las pupilas.

-No aguantas nada, y esto es el principio, mejor cuéntame la verdad, es lo mejor para ti.
-Yo no sé nada, nada.
-Ignacio, eso ni usted se lo cree- vinieron más descargas.

Cada sesión era más terrorífica a la anterior, el dolor mayor, el voltaje mayor, las mismas preguntas una y otra vez, con las mismas respuestas una y otra vez. Cuando dormía a oscuras, las pesadillas me atormentaban, veía a Carlos, me lo imaginaba soportando las mismas torturas que yo; veía a Fidel, hablando con su tono de parroco, preguntando una y otra vez. No sé cuanto tiempo duranron los interrogatorios (como lo he dicho, no había forma de contar el tiempo) pero un buen día, después de despertar de una sesión de descargas, no pude resistir más. Cuando vi la lámpara sobre mis pupilas  le dije a Fidel.
 
-Ya basta,  contaré todo, todo, pero no sigas…

Hablé de Carlos, de cómo lo conocí y como me convenció en entrar con él, le conté de mis divergencias, con la esperanza que me ayudará un poco, de Ximena, Marta, José, de los dos tipos de Guerrero, de las armas, los planes, todo lo que sabía.

-Muy bien, eso es lo que quería, no era tan difícil ¿verdad?

En ese momento pensé en ellos, qué paso con ellos, dónde están, también los habrán detenido.
-¿Dónde están?
-¿Quiénes?
-Pues Carlos y los demás
-¿Seguro quieres saberlo?
-Sí, que paso con ellos.

De un archivero sacó un sobre lleno de fotos y papeles. Aflojó las correas y sentado junto a mí empezó a hablar como cura en el confesionario. Según me dijo, a Carlos lo mataron en Oaxaca huyendo del ejercito, la noche en que nos habíamos reunido en aquel bar cerca de Garibaldi nos siguieron, a todos, a mi me agarraron a una cuadra, borracho, fue cosa fácil,  Ximena y Marta lograron escapar, se dice que están en la ciudad. Rodrigo apareció muerto en su departamento – lo mataron- y José  - pinche José hijo de puta- nos delato, se nos infiltró, lo compraron, qué se yo.

Cuando terminó de contarme todo, me llevó a mi celda e hizo que aquellos dos tipos me trajeran de comer. Llegaron con carne adobada, tortillas y frijoles, comí como perro, era el primer alimento de calidad que comía en mucho tiempo, cuando terminé Fidel me miró.

-Se acabó, es hora de que descanses, mañana te vas a ver mar, estás muy pálido te hace falta sol – dijo riéndose-   ¿qué puedo hacer por ti antes de eso?

No sé por qué, pero pedí unas hojas de papel y una pluma. Cuando era joven solía escribir todo lo malo que me pasaba y al terminar, lo quemaba para olvidar, eso quería hacer: olvidar. Estuve todavía un tiempo en la celda, ayer (ahora se que fue ayer) unos tipos me sacaron y me trasladaron de mi celda a una base que parece del ejercito. Era de noche y pude ver las estrellas en medio del bosque por el que viajaba el carro, no me contuve ,lloré, no sé bien por qué pero lo hice.

Ahora los primeros rayos del sol alumbran mi cara, unos hombres de negro con las siglas DFS  bordadas en sus uniformes me han sabido a una pequeña avioneta, me han liberado de las esposas y escribo, escribo lo que viví, escribo para olvidar. El mar cubre el horizonte, vamos sobrevolando sobre su azul infinito, todo es hermoso es una lástima que  este no sea un viaje de vacaciones y que ya todo acabó.


RNN

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