Pronombres

He aprendido a ser paciente.
He aprendido a no esperar.
He aprendido a ser más que viento sin origen.
Traigo pronombres de confusión
para mi próximo recital.
Hoy soy más todo y nada que nunca
y más que siempre soy y no soy.
Hoy aborrezco, amo y presiento
mi inaplazable gracias al mundo

Silvio Rodríguez



Los rostros se han ido borrando de mi memoria, los nombres, con el tiempo, se han vuelto cacofonías encerradas en retratos ajenos, en figuras con una claridad borrosa inenarrable, naufragios de otras vidas en mi vida, capturados en instantes fugaces de una existencia ya olvidada.


Evocaciones indispensables para recorrer las autopistas de uno, de ese “Yo”, que es otro y no este que escribe estas líneas, un forastero, un vagabundo que se perdió en miles de esquinas sin princesas que llevar a algún hotel, intersección de los conjuntos extraviados en los anales de mi tiempo, anónimo homónimo desmemoriado.


Ecos de historias perdidas en los anchos mares del olvido; amores inconclusos, escritos con puntos suspensivos sobre papeles borrados por el oleaje de la vida, playas en donde encallan los residuos de la humanidad, botellas con mensajes de náufragos – a los que el mundo llama poetas- con recetas contra la soledad, con remedios para los callos, con mapas astrales que llevan siempre hacia ningún lugar. Sujetos que nunca fueron verbo, verbos que nunca encontraron su sujeto, sujetos anónimos destinados a ser protagonistas de una novela llamada “Olvido”, personajes anónimos dentro de vidas anónimas.

Anónimos como los conductores, anónimas las putas, anónimo el amor cuando se vuelve olvido, anónimos los rostros, anónimos los amigos del colegio, anónimos como las piedras de un río; como las olas que golpean la arena de una isla anónima, perdida en el mar pacífico; anónimos los pasajeros del Metro, anónimos de nombre, de edad de fechas y hora. Anónimos los nombres que no reconocemos en el historial de nuestra vida, a pesar de estar ahí; anónimos los muertos que murieron muchos antes que nosotros hubiéramos nacido, anónimos los embriones que nunca vieron la luz; anónimos lo amantes que nunca se conocieron y aquellos que supieron que eran el uno para el otro desde la primera vez, anónimas las parejas que caminas por anónimas aceras de todas la ciudades del mundo, cuyos nombres sustituimos por indefinidos pronombres para hacer menos su efímera existencia en nuestra vida.


Los pronombres de mi vida son esos: los perdidos, esos los olvidados, los exiliados de la memoria, los extraviados, esos los nombres, los nombres propios, los impropios, los ajenos, los robados, los susurrados en noches en que el insomnio carcome los huesos del alma. Esos, los sinónimos de lo que fuimos, antónimos de las vidas deseadas, mandadas a la deriva en un mar de parábolas que confluyen paralelas a esta. Esos y no otros, otros de esos. Esos los viles, esos los canallas, esos que son iguales a esos y están en contra de aquellos, esos los sumisos, esos los miserables, esos los ricos, esos los pueriles, esos los obscenos, esos que viven con excesos y también los que viven de rezos, esos de los encuentros y los desencuentros, esos cansados de ser eso, las que hacen un mangar el sexo, esos lo poetas, los anacoretas. Esos: los puntos que convergen de entre millones de átomos vagantes en el universo unidos por el azar de siglos dormidos en los cuerpos, a traídos por la gravitación de los cuerpos, por el mar de feromonas que pululan disueltas en vasos con cerveza en lo bares de esta ciudad.

RNN

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