Poema para un viernes de verano

Cuando despierta la ciudad con tu ausencia 
las mañanas  siempre parecen más largas,
toman el sabor de un lunes agrio de enero,
el color con que los muertos pintan su ataúd
cuando se marchan.

Todo es un caos, 
mi voz amarga exhala tu nombre
y se vuelve humo ante la nada,
te pierdes en el devenir del día,
en el murmullo de los autos y la gente,
hacia la cotidianidad de los embarques 
y los embargos, donde no cabe mi corazón.

A mediodía, 
mi bilis negra se camuflajea entre números y visiones 
que pretenden explicar un mundo que no existe, 
prendes de mí en silencio 
hasta que un suspiro te trae volando
de quien sabe donde hasta mis manos
y vuelvo a cometer mi vicio divino,
sacro, pagano, que es extrañarte.

Pasa la tarde,
fumo y los cigarros se cumulan
en cementerios particulares 
hasta que llega la noche,
errante entre bares bebes y bailas 
hasta la madrugada,
mientras yo escribo un vals
que no nunca llegarás a escuchar
y me pierdo en el rumor de pisadas,
en tragos con sabor a olvido,
que no hacen más que reforzar tu ausencia.

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